jueves, 11 de septiembre de 2008

Carlos

Carlos vive en Barcelona y es un chico de lo más normal: lleva unas bambas normales, unos tejanos normales, un anorak normal y un corte de pelo normal. Carlos lleva siempre una mochila golgada del hombro izquierdo y siempre o casi siempre viste de color marrón. A mi el marrón no me gusta demasiado, pero nunca se lo he podido decir. A las 9 menos 10, Carlos sale del metro conmigo y los BOE's todavía están por revisar.

A la misma hora y altura, los dos caminamos mirando hacia el suelo. Se hace el silencio. Él cruza el primer paso de zebra y yo sigo caminando para cruzar por el segundo, y se separa de mi por breves instantes para volver a encontrarnos en la siguiente esquina con la intención de doblarla. Yo sonrío. Él también. Carlos entra a la panadería y aguanta la puerta para que yo pase. "¡Buenos dias!", le dice la panadera. Yo me dedico a observar la situación y a elegir mi desayuno. "¡Buenos dias! Dame lo que te encargué ayer, por favor", dice Carlos. "¿Celebras algo, hoy?", le preguntan, a lo que él contesta "Sí, hoy es mi cumpleaños". "En ese caso, te meto en la bolsa unas velas" Yo me giro y sonrío. Él también sólo lo segundo. "Póngame una ensaimada", digo yo. Para entonces Carlos se despide de la panadera y de su panadería y yo advierto que se marcha, que abre la puerta y la cierra con mimo, contento. Hoy es su cumpleaños.

(...)

A las 3 y 10, Carlos debe de estar en cualquier lugar menos en la infinita calle París y los BOE's ya han sido soplados. ¡Ay! Revisados, quise decir.

No conozco a Carlos. No sé nada de Carlos. Sólo sé que no se llama Carlos.